miércoles, 13 de julio de 2011

AULLIDO, de Allen Ginsberg


He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz.

Quienes expusieron sus cerebros al Cielo, bajo Él y vieron ángeles mahometanos tambaleándose en los techos de apartamentos iluminados.

Quienes pasaron por las universidades con ojos radiantes y frescos alucinando con Arkansas y la tragedia luminosa de Blake entre los estudiantes de la guerra.
Quienes fueron expulsados de las academias por locos por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo.

Quienes se encogieron sin afeitar y en ropa interior, quemando su dinero en papeleras y escuchando el Terror a través de las paredes.
Quienes se jodieron sus pelos púbicos al volver de Laredo con un cinturón de marihuana para New York.

Quienes comieron fuego en hoteles coloreados o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o purgaron sus torsos noche tras noche con sueños, con drogas, con pesadillas despiertas, alcohol y verga y bolas infinitas, ceguera incomparable; calles de nubes vibrantes y relámpagos en la mente saltando hacia los polos de Canadá y Paterson, iluminando todas las palabras inmóviles del Tiempo, sólidos peyotes de los vestíbulos, amaneceres en el cementerio del árbol verde, ebriedad del vino en los tejados, puestos municipales el neon estridente luces del tráfico parpadeantes, vibraciones del sol, la luna y los árboles en los bulliciosos crepúsculos de invierno de Brooklyn, estrepitosos tarros de basura y una regia clase de iluminación de la mente.

Quienes se encadenaron a sí mismos a los subterráneos para el viaje infinito desde Battery al santo Bronx en benzedrina hasta que el ruido de las ruedas y niños empujándolos hacia salidas exploradas estremecidas y desiertos golpeados de cerebros absolutamente secos de esplendor en la melancólica luz del Zoo.

Quienes se hundieron toda la noche en la luz submarina de Bickford’s emergidos y sentados junto a la añeja cerveza después del mediodía en el desolado Fugazzi’s, escuchando el crujido del destino en la caja de música de hidrógeno.

Quienes hablaron setenta horas seguidas desde el parque a la barra a Bellevue al museo al Puente de Brooklyn, batallón perdido de conversadores platónicos bajando de espaldas las escaleras de escape de los alfeizares del Empire State lejos de la luna, gritando incoherencias, vomitando susurrando hechos y recuerdos y anécdotas y patadas en la bola del ojo y traumas de hospitales y cárceles y guerras, intelectos enteros disgregados en amnesia por siete días y noches con ojos brillantes, carne para la Sinagoga arrojada al pavimento.

Quienes se desvanecieron en ninguna parte de Zen New Jersey dejando un reguero de ambiguas postales ilustradas de Atlantic City Hall, sufriendo sudores orientales y artritis Tangerianas y jaquecas de China bajo la basura en las salas sin muebles de Newark.

Quienes dieron vueltas y vueltas en la medianoche por el patio de trenes preguntándose adónde ir, y fueron, sin dejar corazones rotos.

Quienes prendieron cigarrillos en vagones traqueteando por la nieve hacia granjas solitarias en la noche del abuelo.

Quienes estudiaron a Plotino, Poe, San Juan de La Cruz, telepatía y cábala debido a que el cosmos instintivamente vibraba en sus pies en Kansas.

Quienes solos por las calles de Idaho buscaban ángeles indios visionarios que fueran ángeles indios visionarios.

Quienes pensaban que sólo estaban locos cuando Baltimore destellaba en éxtasis sobrenatural.
Quienes saltaron a limusinas con el Chinaman de Oklahoma impulsados por la lluvia de los pequeños pueblos a la luz callejera de la medianoche del invierno.

Quienes haraganeaban hambrientos y solos por Houston buscando jazz o sexo o sopa, y siguieron al brillante español para conversar sobre América y la eternidad, una tarea sin esperanza, y tomaron un barco para África

Quienes desaparecieron en los volcanes de México dejando tras suyo nada excepto la sombra del estiércol y la lava y la ceniza de la poesía quemada en Chicago.

Quienes reaparecieron en la Costa Oeste investigando el F.B.I. en barbas y pantalones cortos con grandes ojos pacifistas atractivos en su oscura piel entregando incomprensibles folletos.

Quienes se quemaron sus brazos con cigarros encendidos protestando contra la bruma narcótica del tabaco del Capitalismo.

Quienes distribuyeron panfletos supercomunistas en Union Square sollozando y desvistiéndose mientras las sirenas de Los Alamos los deprimían, y se deprimía Wall, y el ferry de Staten Islan también se deprimía.

Quienes rompieron a llorar en blancos gimnasios desnudos y temblorosos frente a la maquinaria de otros esqueletos.

Quienes mordieron detectives en el cuello y chillaron con placer en autos policiales por no cometer un crimen salvo su propia pederastia salvaje y su intoxicación.

Quienes aullaron de rodillas en el metro y fueron arrastrados por el techo ondeando sus genitales y manuscritos.

Quienes permitieron ser penetrados por el ano por virtuosos motociclistas, y gritaron con alegría.

Quienes chuparon y fueron chupados por aquellos serafines humanos, los marineros, caricias del amor Atlántico y Caribeño.

Quienes eyacularon en la mañana en la tarde en jardines de rosas y en el pasto de parques públicos y cementerios esparciendo su semen libremente a quienquiera que llegara.

Quienes hiparon sin cesar tratando de reír pero se torcían de llanto detrás de un cubículo de un Baño Turco cuando el ángel rubio y desnudo venía a atravesarlos con una espada.

Quienes perdieron a sus amantes por las tres viejas musarañas del destino, la musaraña tuerta del dólar heterosexual, la musaraña tuerta que hace guiños fuera del útero y la musaraña tuerta que no hace nada sino sentarse en su trasero y corta las hebras doradas intelectuales del vislumbre del artesano.

Quienes copularon extáticos e insaciables con una botella de cerveza, un novio, un paquete de cigarrillos, una vela y se cayeron de la cama, y continuaron en el suelo y por los pasillos y terminaron desmayándose en la pared con una visión del último coño y llegaron a eludir el último atisbo de conciencia.

Quienes endulzaron las conchitas de un millón de chicas temblorosas en el ocaso, y tenían los ojos rojos en la mañana pero preparados para endulzar las conchitas del sol naciente, destellantes traseros bajo los establos y desnudos en el lago.

Quienes iban a putas en Colorado por miríadas en autos robados, N.C., héroe secreto de estos poemas, semental y Adonis del alegre Denver a la memoria de sus innumerables encamadas con chicas en lotes vacíos, patios de bares, hileras de desvencijadas casas rodantes en la cima de montañas, en cavernas o con demacradas meseras en familiares subidas de enaguas al lado del camino y especialmente la secreta estación de gasolina solipsismos de Juan, y callejones pueblerinos también

Quienes se desvanecieron en vastas películas sórdidas, se transformaron en sueños, despertaron en un repentino Manhattan, y se encontraron a sí mismos fuera de los sótanos colgados sobre descorazonados Tokay y los horrores de los sueños de hierro de la Tercera Avenida y tropezaron con las oficinas de desempleo.

Quienes caminaron toda la noche con sus zapatos llenos de sangre en los muelles esperando una puerta en East River para entrar a un cuarto lleno de vapor caliente y opio.

Quienes crearon grandes dramas suicidas en el apartamento de los acantilados del Hudson bajo el rayo azul de la luna de tiempo de guerra y sus cabezas eran coronadas con el laurel del olvido.

Quienes comieron la cazuela de cordero de la imaginación o digirieron cangrejos en el fondo lodoso de los ríos de Bowery.

Quienes lloraron por el romance de las calles con sus carritos llenos de cebollas y mala música.

Quienes se sentaron en cajas respirando en la oscuridad bajo el puente, y se levantaron para construir arpas en sus desvanes.

Quienes tosían en el sexto piso del populoso Harlem con llamas bajo el cielo tuberculoso rodeados por las jaulas naranjas de la teología.

Quienes garrapatearon toda la noche golpeando y rodando sobre elevadas incantaciones que en las amarillas mañanas eran estrofas de jerigonza.

Quienes cocinaron animales podridos pulmones, corazón, pata, cola borsht y tortilla soñando con el puro reino vegetal.

Quienes se zambulleron en camiones de carne buscando un huevo.

Quienes tiraron sus relojes del tejado para dar su voto a la eternidad fuera del Tiempo y despertadores cayeron sobre sus cabezas todos los días por la siguiente década.

Quienes se cortaron las muñecas tres veces seguidas sin éxito, se rindieron y fueron forzados a abrir anticuarios donde pensaban que se ponían viejos y gritaban.

Quienes fueron quemados vivos en sus inocentes trajes de franela en Madison Avenue entre ráfagas de versos plomizos y el parloteo borracho de los regimientos de acero de la moda y los chillidos de nitroglicerina de las agencias de publicidad y el gas mostaza de los editores siniestramente inteligentes, o cayeron por los taxis ebrios de la Absoluta Realidad.

Quienes saltaron del Puente de Brooklyn esto realmente sucedió y quedaron desconocidos y olvidados en el aturdimiento fantasmal de los callejones de sopa y camiones de incendio de Chinatown, ni siquiera una cerveza gratis.

Quienes cantaron por sus ventanas de desesperación, cayeron de la ventana del metro, saltaron en el sucio Passaic, brincaron en negros, gritaron por toda la calle, bailaron descalzos en trozos de copas de vino rotas grabaciones de fonógrafos de la nostalgia Europea jazz alemán de 1930 terminaron el whisky y se lanzaron gemebundos en baños sangrientos, gemidos en sus oídos y la ráfaga colosal del silbido del vapor.

Quienes rodaron por las carreteras del viaje al pasado para cada uno el látigo del Gólgota reloj de la soledad de la cárcel o encarnación del jazz de Birmingham.

Quienes condujeron una visión para encontrar la eternidad.

Quienes viajaron a Denver.

Quienes murieron en Denver.

Quienes volvieron a Denver y esperaron en vano.

Quienes aguardaron en Denver y empollaron solos en Denver y finalmente se fueron para encontrar el Tiempo, y Denver es solitario para sus heroínas.

Quienes cayeron de rodillas en catedrales sin esperanza rezando por la salvación de cada uno y la luz y los pechos, hasta que el alma iluminara su cabello por un segundo.

Quienes chocaron con sus mentes en la cárcel esperando criminales imposibles con cabezas doradas y el encanto de la realidad en sus corazones que cantaban dulces blues a Alcatraz.

Quienes se retiraron a México para cultivar un hábito, o a Rocky Mount para ofrecer Buddha o Tánger a los muchachos al Southern Pacific a la locomotora negra o a Harvard a Narciso a Woodland para la sepultura o daisychain.

Quienes exigieron juicios de cordura acusando a la radio de hipnotismo y fueron dejados con su locura y sus manos y un jurado colgado.

Quienes arrojaron papas saladas a los conferencistas de Dadaísmo en CCNY y subsecuentemente se presentaron ellos mismos en las baldosas de granito del manicomio con cabezas rapadas y un discurso arlequinesco de suicidio, demandando una lobotomía instantánea, y quienes a su vez se entregaron a la nulidad concreta de la insulina, Metrazol, electricidad, hidroterapia, psicoterapia, terapia ocupacional, ping pong y amnesia.

Quienes en protesta seria dieron vuelta sólo una simbólica mesa de ping pong, descansando brevemente en catatonia, volviendo años después verdaderamente calvos excepto por una peluca de sangre, y lágrimas y dedos, a la visible fatalidad del hombre loco de los pupilos de los pueblos locos del Este, salas fétidas de Pilgrim State’s Rockland’s y Greystone discutiendo con los ecos del alma, pegando y rodando en la soledad-banca-dolmen-reinos del amor de medianoche, sueños de vida en una pesadilla cuerpos convertidos en roca tan pesados como la luna, con la madre finalmente, y el último libro fantástico arrojado por las ventanas del departamento, y la última puerta cerrada a las 4 A.M. y el último teléfono pegado a la pared sonando y la última pieza amueblada, un papel rosa amarillo torcido en un colgador de alambre en el closet, e incluso eso imaginario, nada sino un poco de esperanzadora alucinación ah, Carl, mientras no estés seguro yo no estoy seguro, y ahora tú estás realmente en la sopa animal total del tiempo y quienes por lo tanto corrieron a través de las calles congeladas obsesionados con un repentino destello de la alquimia del uso de la elipse el catálogo el metro y el plano vibrante.

Quienes soñaron y encarnaron brechas en el Tiempo y Espacio a través de imágenes yuxtapuestas, y atraparon al arcángel del alma entre 2 imágenes visuales y unieron los verbos elementales y establecieron el nombre y rasgos de la conciencia al mismo tiempo saltando con sensación de Pater Omnipotens Aeterna Deus para recrear la sintaxis y medida de la pobre prosa humana y ponerse frente a ti estupefacto e inteligente y sacudirse con vergüenza, rechazando incluso revelar el alma para conformarse al ritmo del pensamiento en su desnuda y eterna cabeza, el vagabundo loco y el golpe del ángel del Tiempo, desconocido, incluso poniendo aquí lo que podría dejar de ser dicho en tiempo de volver después de la muerte, y surgieron reencarnados en los trajes fantasmales del jazz en la sombra del corno dorado de la banda y exhalar el sufrimiento de la mente desnuda de América para amar en un eli eli lamma lamma sabacthani saxofón que llora estremeciendo las ciudades bajo la última radio con el corazón absoluto del poema de la vida descarnada de sus propios cuerpos buenos para comer mil años.


Radiohead Glastonbury 2003






El mejor concierto de Thom Yorke y sus muchachos.

There There
2+2=5
Lucky
The National Anthem
Talk Show Host
Where I End And You Begin
Climbing Up The Walls
The Gloaming
No Surprises
Fake Plastic Trees
Sit Down, Stand Up
Go To Sleep
Sail To The Moon
Paranoid Android
Idioteque
Everything In It's Right Place

--Encore--

Just
Karma Police
Street Spirit (Fade Out)






Thomas de Quincey

Los placeres del opio y su inquietante esplendor a través de dos obras maestras:
"Confesiones de un opiómano inglés" y "Suspiria de Profundis"

Tiene 17 años, de familia adinerada y espíritu inquieto. Es consciente de la decisión que ha tomado, de lo que va a hacer esta misma noche, pero no teme a un futuro incierto. Quiere demostrarse a sí mismo que es capaz de luchar por conseguir lo que pretende, y lo que pretende no es otra cosa que dar la libertad necesaria al deseo irresistible, hasta ahora cautivo, de conocer. Una ansiedad de experimentar, un indomable latigazo de vivir el momento, "carpe diem", ha estrangulado su razón y todo el comedimiento que esconde. No es una insolencia pasajera promovida por su juventud, aunque ayuda, sino el desasosiego de su alma y la zozobra interior lo que le ha llevado adentrarse, audaz e irreflexivamente, por el sendero oscuro del conocimiento. Va a huir de la "Grammar School", mientras el director de la institución duerme, y nadie en la profundidad abisal de la noche podrá impedírselo. Todo lo ha calculado milimetricamente y hasta ha sobornado a quien fuera preciso.

Ese momento en el que el joven Thomas salta de un brinco ágil al vacío de la incertidumbre, abandonando el calor de la seguridad, es el instante en el que por motu propio ha decidido troncar el rumbo de su vida, ha quebrado las leyes del destino para ponerse en manos del azar y la fortuna, de la truculenta providencia con rostro huraño que atiende al nombre de "Literatura".

Así marcha errante, de posada en posada, buscando algo, sin saber aun el qué, quizá el sentido de la vida desde la misma nebulosa entraña de lo depravado y lo maldito. Anduvo por el Norte de país de Gales, hasta que despojado de un dinero ahorrado de forma gradual, se vio subsistiendo con moras y bayas de escaramujos. De vez en cuando hace de escribano público -lo que le permite tomarse un café o un té, y en algunos casos hasta una comida- sirviendo de secretario a campesinos analfabetos que tienen parientes en Liverpool o Londres. Aunque el verdadero filón sean los asuntos del corazón, ya que con mayor frecuencia serán las jóvenes que han permanecido de sirvientas en Shrewsbury las que le encarguen que escriba palabras dulces para los enamorados que allí dejaron, donde estuvieron trabajando. Y sin embargo, no será hasta su traslado a Londres, cuando verdaderamente se vea inmerso en los mundos más depravados y subterráneos de la canallesca londinense. donde el hampa, la indigencia y la incuria ha cubierto el ambiente de una densa atmósfera con el olor perpetuo de la hediondez y la miseria.

Su rostro, el rostro infantil de Thomas de Quincey, será ahora el fiel reflejo del hambre, del apocalipsis bíblico. Su cuerpo débil y derrotado, cubierto de harapos, es una sombra agónica de infecciones y desmayos. Años después, tras haber conseguido huir de tan triste pobreza escribirá: "En las capitales, como en el desierto, existe algo que fortalece y acostumbra al corazón humano, que le fortalece de manera distinta si no lo deprava y debilita hasta los extremos de la abyección y el suicidio."

Thomas de Quincey fue capaz de mantener su alma alejada de la ominosa vejación o de las llamas condenatorias de la inmolación, pero su corazón tomó el cuerpo frío del hierro hasta el extremo de palpitar con la dureza sonora del acero en una fundición para el fomento del vicio y la supresión de la virtud, considerando el asesinato como una de las bellas artes.

Desterró el sentimiento y la moralidad para extraer la poesía del fuego maldito, la composición ténebre de la luz y la sombra y el destello mortuorio del puñal; en definitiva, el tratamiento estético del asesinato. Hizo a Caín padre del arte y lo consolidó como un hombre de género extraordinario. Y no eran meras palabras. No era el maquiavélico engaño de predicar para los demás la difusión del vicio, el enterramiento de una moral impoluta, sino que era el abanderamiento de un fracaso interior de la virtud, porque aquellos que viven con cierto desorden, en la continua búsqueda de un triunfo inexistente, son los únicos que habrán podido ver los ojos del horror, los ojos de la felicidad de nuestra ambivalente existencia.

Dijo en una ocasión John Ray, en una de esas citas que quedan para la historia, que las enfermedades son los intereses que se pagan por los placeres. Thomas de Quincey no dudó a la hora de pactar con la máscara voluptuosa del opio y así exploró en las selvas más inquietantes de nuestro interior, en los espacios vacíos e insondables de oscuros infiernos, donde bajo el rostro del placer dormitan reptiles e insectos venenosos.
Será un día aquejado de un horrible dolor reumático de cabeza cuando pruebe los beneficios inmediatos del opio y no sólo sus efectos curativos sino la plenitud en el alma y la exaltación intelectual bajo una nube de gozosa y diáfana lucidez. Entonces aficionado a la ingesta de esta droga bajo el embrujamiento de una música de Opera, de una tranquilidad de espíritu extrasensorial, el escritor se sumergirá en una bruma ideal que al cabo de los años pasará una intensa y dolorosa factura. Una condena de irresistibles sufrimientos desesperados reflejo mismo de la decrepitud o como escribió Shelley "como si un gran pintor hubiera sumergido su pincel en la oscuridad del terremoto y el eclipse". Thomas de Quincey recogerá, con la tenacidad solitaria del escritor y bajo el estado agudo del sufrimiento, en dos obras inmortales "Confesiones de un opiómano inglés" y "Suspiria de Profundis", los placeres del opio y su inquietante esplendor.

Una bella y poética apariencia, una seductora damisela , con cabellos de serpientes y alma ennegrecida, que cada noche haría descender indefinidamente a su víctima a los abismos sin luz por debajo de cualquier profundidad conocida y donde las esperanzas para poder emerger se han tornado para siempre en una vacía desesperación.


lunes, 27 de junio de 2011

En el sueño equidista Dios y el profeta


Del onirismo y lo ecuménico de los sueños, el único portal divino que está abierto, pero pocos pueden acceder a conocimientos hermenéuticos y cosmogónicos; se rescata la visión diáfana del poeta ingles, Samuel Taylor Coleridge y kubla Khan.
 
Kubla Khan
EN Xanadú, Kubla Khan
mandó que levantaran su cúpula señera:
allí donde discurre Alfa, el río sagrado,
por cavernas que nunca ha sondeado el hombre,
hacia una mar que el sol no alcanza nunca.
Dos veces cinco millas de tierra muy feraz
ciñeron de altas torres y murallas:
y había allí jardines con brillo de arroyuelos,
donde, abundoso, el árbol de incienso florecía,
y bosques viejos como las colinas
cercando los rincones de verde soleado.

¡Oh sima de misterio, que se abría
bajo la verde loma, cruzando entre los cedros!
Era un lugar salvaje, tan sacro y hechizado
como el que frecuentara, bajo menguante luna,
una mujer, gimiendo de amor por un espíritu.
Y del abismo hirviente y con fragores
sin fin, cual si la tierra jadeara,
hízose que brotara un agua caudalosa,
entre cuyo manar veloz e intermitente
se enlazaban fragmentos enormes, a manera
de granizo o de mieses que el trillador separa:
y en medio de las rocas danzantes, para siempre,
lanzóse el sacro río.
Cinco millas de sierpe, como en un laberinto,
siguió el sagrado río por valles y collados,
hacia aquellas cavernas que no ha medido el hombre,
y hundióse con fragor en una mar sin vida:
y en medio del estruendo, oyó Kubla, lejanas,
las voces de otros tiempos, augurio de la guerra.

La sombra de la cúpula deliciosa flotaba
encima de las ondas,
y allí se oía aquel rumor mezclado
del agua y las cavernas.
¡Oh, singular, maravillosa fábrica:
sobre heladas cavernas la cúpula de sol!

Un día, en mis ensueños,
una joven con un salterio aparecía
llegaba de Abisinia esa doncella
y pulsaba el salterio;
cantando las montañas de Aboré.
Si revivir lograra en mis entrañas
su música y su canto,
tal fuera mi delicia,
que con la melodía potente y sostenida
alzaría en el aire aquella cúpula,
la cúpula de sol y las cuevas de hielo.
Y cuantos me escucharan las verían
y todos clamarían: «¡Deteneos!
¡Ved sus ojos de llama y su cabello loco!
Tres círculos trazad en torno suyo
y los ojos cerrad con miedo sacro,
pues se nutrió con néctar de las flores
y la leche probó del Paraíso».

lunes, 30 de mayo de 2011

Demiurgo desfigurado

Los bosques de várzea en fogones sibilinos, esparcen su centelleo por las cecropias vírgenes; en la reticente mirada del aborigen menguado, los ríos blancos adaptan un rojo ciclamino deletéreo, los cielos hermanados con el panorama, rasgan su gris cortina y dejan caer estacas sobre los valles, colinas, alcores y campiñas. En las cosechas las larvas y gusarapos se apoderan de todo tipo de coliflores, alcachofas, espárragos, mastuerzos… La música de Stockhausen divaga por las villas aledañas a los viñedos y cosechas; los felinos encrespados en canecas buscan redención, las cortinas se cierran, los pozos sin agua para abastecer al vagabundo que gorgotea el apocalipsis, los frailes onanistas se vuelven leprosos, las concubinas del pórtico son condecoradas por el alcalde con su bragueta tortuosamente desabrochada; el poeta atrapado en una botella de vino de dudosa cosecha, se clava un puñal en el cabaret; del cielo caen sapos, las personas son carne purulenta atadas a mástiles esperando que Cinosura estalle en mil pedazos.

He aquí este experimento fallido, libre de conspiraciones numerológicas, de mentes sobrepuestas a situaciones inverosímiles, destrucción de la humanidad procurando dejar a las hormigas vagar en su turno en mundos sistematizados por pesadillas;  hemos acabado con todo, solo queda lo supuesto para que la media consciencia que reposa en la lobreguez, sea liberada y conceda al mundo como verdaderamente es. Solo quedan las jaulas, las estatuas sin cabeza, los pisos agrietados, los cuerpos sin vida en los campos, los escombros de las ciudades configurando tormentas de mugre agazapados por el poco viento que se filtra del rabillo de las deidades curiosas.   

Su génesis en la naturaleza, su corrupción en la humanidad y su perfección en su destrucción…lo que sigue esta en las estrellas.

sábado, 28 de mayo de 2011

ROCK IS DEAD

¿Es una aseveración acérrima, elitista, pretensiosa, desmesurada?; nada que ver, es verídico, demostrable, fidedigno e irrebatible, tanto así como un documento histórico, sometido a varios estudios que convergen a la misma conclusión. La música sufrió una de sus grandes castraciones, secularizaciones en las puertas de las 80. Los 70, la época dorada del rock, se edulcoro a un nivel de promiscuidad degenerativa, se dejo ultrajar de las nuevas tendencias; el virtuosismo de las bandas, los álbumes conceptuales, el LSD, la psicodelia, la estrecha relación que se empezó a forjar entre el rock y la música clásica, el acid jazz…se convirtió en una apostasía de la década entrante, que esbozaba el punk en las esquinas, la música disco, lo simple e insustancial pero efectivo en las radios, castro por completo a las grandes bandas de los 70; bandas que antes rayaban la perfección de la percepción auditiva y visual, no sabían qué hacer, su música no vendía en los 80, podían ser forajidos de las grandes disqueras, o vender su alma a los demonios fachosos del pop, new wave; ¿si sería necesario?.

Lamentablemente, esa genialidad setentera que desafiaba toda sistematización evolutiva, era el pico de creatividad y perfección del rock. Bandas de rock psicodélico, músicos altamente experimentados salidos de academias donde compaginaban la música de Chopin, Mahler, Mussorgski, Rachmaninov, con la vertiente  creativa impuesto por The Beatles o Rolling Stones, que más se le podía pedir a la vida. Era un pacto celestial, música que los dioses no asimilaban, y los críticos querían desdeñar por su complejidad e incomprensión y anticonsumo que no beneficiaba el mercado musical anodino agigantado; pues fuera de todo pronóstico, salen los discos de YES, King Crimson, Pink Floyd, Genesis, Emerson Lake and Palmer, Jethro Tull…, lirismo surreal, revolucionario, excelso de belleza, riffs infinitos, acordes inmortales, registros de voz imposibles, punteos celestiales, mellotrones, violines, saxofones, órganos híbridos de Jerry Lee Lewis y Mozart, discos con solo 3 cortes, obras del siglo XVIII versionadas por genios hacia el enfoque rockero teñido de jazz; después de la euforia y la época más perfecta  llegan los 80…

Los 80 definen claramente, el porqué, de los malos años venideros y la mediocridad, aunque su apogeo fue mundial, y el rock progresivo paso a un plano más esotérico  casi al exterminio, es la principal razón de la mediocridad actual, que no desazonare, porque parece que a todo el mundo le agrada el rumbo de las canciones de 3 minutos, las letras sobre novias psicóticas, las pistas de baile en apogeo, la reivindicación de lo banal y mundano apareándose con la sociedad pérfida, si el mundo se estaba echando a perder, las revoluciones de vieja usanza a olvidarse, los muros de los poetas muertos a corroerse, los libros a empolvarse, la discriminación a florecer, la manipulación mediática del pensamiento a ponerse de moda; entonces, por qué no debería estar igual de jodida la música, admitiré que ocurrieron algunos borrascas de talento e innovación en los 90 pero que se masacrarían de igual forma que los 80 lo hicieron con los 70, pero esta vez en manos del nuevo milenio.

Así que no es de asustarse, cuando se encuentren a menudo con la frase dictatorial “ROCK IS DEAD”, porque así es, es mejor asimilarlo de una vez, secarnos las lagrimas y aprovechar esos viejos vinilos como maquinas del tiempo  perennes


Una de las canciones más épicas de  YES, todo un himno del rock que todo el mundo debería escuchar antes de morir, o bueno al menos los 2 o 3 mojigatos que me estén leyendo.


Nadie conocía a King Crimson, solo sabían que iban a ser los teloneros de los Rolling; mucha gente se le olvido lo que hizo Jagger y Richards, no se quitaban de la cabeza lo que habían presenciado.


El Zeus, Poseidón y Hades del rock progresivo, en la versión Woodstock ingles.

No necesito decir nada, en este apartado.

Ahí les queda la inquietud  

miércoles, 18 de mayo de 2011

CLAMOR PERPETUO

Solo quiero que mi vida, se contabilice no por épocas, sino canciones; que la gente que me rodea se obnubilase en frascos ponzoñosos, encerrados para siempre en estantes con candados. Mi mente errante compelida, encadenada al destierro, sin brío, inocua a las estirpes predominantes; la privan de volar, retienen su hálito de los umbrales perpetuos. El espíritu castrado por la civilización, está, erigiendo grandes rascacielos, pavimentando sobre los gélidos cadáveres de los poetas, la gran sombra de las construcciones endebles interpone la vista de los robles, los abedules, las leguminosas, los tulipanes, las magnolias, las cuencas, pinos e inmortales montañas que se congregan al éxtasis de la primavera de Stravinski.

Cual mundo es éste, sanguinario, déspota, opresor, flagelador, agobiante, malévolo, cancerígeno, infernal, miserable, estrepitoso y antihumano, donde las horcas, guillotinas y hogueras se ven tan apacibles, y los senderos de otoño, sacras montañas, ríos cristalinos se avizoran en el rabillo del Dios utópico, que priva la entrada a sus pajes. Solo queda desdibujar lo que ven mis ojos, en mi vórtice oculto yaceré, contemplando el caos esparciéndose sobre la llanura, pendiendo de un hilo, mi locura abraza mis clamores, mi tintero se convierte en sangre de ancestros, mi mirada en el espejo intrínseco de mis quiméricos sueños…

Sin fundar mi causa en la nada, perdí toda esperanza en la humanidad, no quiero respirar en vano, quiero que mi lecho de muerte sean centellares de estrellas, que mis labios se pierdan en las piernas de una dama, mientras que mi adoctrinamiento mental se deshace en el abismo.

Si cada uno es Dios creador, porqué yo no ser mi propio ángel exterminador, subyugar la herida, yuxtaponer mis ideales a los ídolos de oro macizo que me esclavizaron, ser el puñal que hurgo en mis vísceras, ser el fuego que destruye del que brotan nuevas semillas, ser iconoclasta en mi templo libre de ataduras.

Desde ahí, ya podría decir que estoy viviendo.

Amadeus Renn